
Cuando cumplió cinco años la llevaron al Instituto de la Sagrada Familia, dónde ella fue atendida y muy querida. Era muy buena y allí comenzó a ser feliz.
Conoció a Sofía, también de cinco años que fue traída por el cura desde Jujuy, porque sus padres habían muerto en un accidente y sus tíos no podían atenderla como era debido.
Fue verse y quererse; sus desgracias las unían. Crecían juntas y cada fin de año cuando llegaban las vacaciones nadie las venía a buscar. Las monjitas entonces las llevaban con ellas de vacaciones.
Eran felices en sus años inocentes, al ser tan buenas las llevaban a pasear siempre que se podía.
Sofía decidió ser novicia. ¿Qué iba a ser sola en Jujuy, sin familia y sin amigos? Aquí sería necesaria, podría ayudar como las monjitas la habían ayudado a ella.
Así también pensaba Leticia, con la diferencia que ella tenía una familia, que aunque nunca se habían interesado mucho por ella, la esperaban.
Llegó el 30 de noviembre y fueron llamadas por la Hermana Superiora que les sugirió que antes de tomar los hábitos volvieran a sus casas para estar más seguras con su decisión.
El 3 de marzo comenzaría el curso y esperaba verlas. Se despidieron con la certeza de volverse a ver esa fecha.
Sofía volvió a su provincia natal, pensaba quien la estaría esperando. ¿Sus tíos? ¿Sus primos? ¿El cura? Leticia, en cambio, tuvo más suerte, sus padres la esperaban para juntos ir a comprar ropa más moderna antes de llegar a la casa. Cuando llegó estaban sus hermanos y hermanas, en fin; toda la familia. A algunos los conocía por fotos a otros, no; pero a todos les brindó una agradable sonrisa aceptando la fiesta que daban en su honor por la vuelta al hogar.
Cansada, se retiró a la habitación que su mamá le había preparado y le escribió a Sofía acerca del encuentro con sus padres y todo lo demás.
A la tarde siguiente fue a la iglesia de su barrio y pidió hablar con el Padre Pedro. Le contó acerca de sus planes. Que estaba de vacaciones y que en marzo ingresaría al noviciado de la Sagrada Familia. El Padre le ofreció su ayuda y su guía en el caso de que alguna duda le surgiera.
Fue a la placita, donde leía de tarde en tarde, y miraba a los niños que jugaban y corrían. Todo eso ya le era familiar, pero esa tarde era distinta. Descubrió unos tímido ojos que la miraban y sin saber a ciencia cierta lo que hacía devolvió una gran sonrisa.
Tarde tras tarde, la misma situación se repetía, hasta que por fin Ángel se animó a dirigirle la palabra y comenzaron una bella amistad. Ángel, poco a poco, perdió su timidez y la invitó al cine. Ella no sabía que hacer, pues nunca había ido a uno.
Le contó que desde los cinco años hasta los dieciocho había estado interna en el Instituto Sagrada Familia y eran sus primeras vacaciones con su familia. Siempre había salido con las monjitas y nunca sola, menos aún con un muchacho. También le dijo que ingresaría en marzo al noviciado.
Ángel emocionado por tal confesión le tomó las manos y le dijo que él le mostraría todo lo que ella no había podido conocer, así de esta manera estaría más segura con su decisión. De la mano de Ángel conoció teatros, confiterías y parques de diversiones.
Leticia comenzaba a dudar del regreso al Instituto y se lo comentó al Padre Pedro. Él la entendió y le dijo que a Dios se lo podía querer de distintas maneras, siendo o no-monja.
Una noche fueron a un boliche, Ángel la tomó entre sus brazos y la besó dulcemente. Marzo llegó y Leticia regresó al Instituto.
Sofía la estaba esperando cuando se vieron se dieron un gran abrazo y se miraron a los ojos. Entonces Sofía le dijo que podía asegurar que ella no seguiría el noviciado. Leticia sorprendida pero también emocionada le dijo que no.
Sofía abrazándola nuevamente le dijo que igualmente se podía servir a Dios siendo una buena esposa y madre; que confiara en ella cada vez que la necesitara.
Ángel y Leticia prepararon todo para la boda. Tenían el departamento y fueron decorándolo a su gusto. Cada detalle hablaba de ellos y del amor que sentían uno por el otro.
Todo estaba listo para el 26 de septiembre: la iglesia, la fiesta, las invitaciones; no faltaba nada cuando la desgracia llamó a su puerta.
Ángel fue víctima de un accidente y murió. No tenía consuelo. Fue a la iglesia a ver al Padre Pedro. Lo que ellos hablaron, nadie lo supo. El 26 de septiembre a la noche se vistió de novia, pidió un remise y le dio sin dar explicaciones una dirección.
Llegó a la iglesia; estaba abierta y preparada con la alfombra blanca. Caminó hasta el altar, donde el Padre Pedro la esperaba, y él le dijo: -María Leticia, ¿aceptas por esposo a Dios Nuestro Señor? -Si, acepto. – dijo, llevándose la mano al pecho acariciando la pequeña cruz que un día le había regalado Ángel.
HAYDEE, 1-10-2001
