En aquel pueblecito alejado de la civilización, la vida era pacifica y hasta cierto punto monótona, la familia Camaraza dueña y señora de no solo de San Paraíso si-no de toda la comarca.
Tres poderes en pleno, el garrote, la bendición y la sumisión, cada uno en su esfera de competencia, nadie se atrevía a rebasar el limite del otro, el Señor Presidente Terrenal, el Cura y el Pueblo, todos juntos pero no revueltos.
El Pueblo se reunía para deliberar sobre la estrategia, para quitarse el peso del rezo y el golpe. Como cada viernes en la noche en la casucha de Don Justo, alrededor de esa mesa de madera desgastada por el uso, solo diez personas de San Paraíso, se hallaban enfrascados en el tema de la semana, las elecciones de la próxima primavera.
Don Justo como siempre era el mas lucido en sus planteamientos, estos derivados de su gran experiencia en la participación en el movimiento social efectuado hace algunos años en La Desgracia (al otro lado del mar), ahí fue el responsable de la resistencia civil.
Otro miembro era, Pánfilo el panadero, responsable del correo de voz, de la incipiente organización, cargo importante era como el ve y dile, labor efectiva y con grandes resultados.
Doña Clemencia, bella señorita, a cargo de las actas, tanto de las reuniones como de las defunciones, responsable de las firmas y trasmisión de datos a otras organizaciones que sufrían la misma situación.
Dos Santos, miembro activo, carnicero por profesión y en situaciones de emergencia auxiliar de el distinguido cirujano Emiliano Soles, ambos atendían el consultorio.
Por supuesto no podía faltar, el que habla bien, el letrado, el señor Licenciado Tirado Blanco, bueno con la ley pero aferrado en el pleito, el tenia a su cargo la revisión de los documentos, desde el punto de vista de las leyes, reglamentos y normas vigentes al momento.
Dos mas alrededor de la mesa, los famosos primos, uno gavillero y el otro profesor, ambos en su medio, uno robando al rico y el otro enseñando al pobre, el gavillero terror del garrote y condena del rezo, el profesor era el mas temido; era el encargado de quitar el velo a los ojos y la introducción conocimientos a los futuros hombres de la sociedad.
El numero 10, sin lugar a dudas, el mejor, Álvaro de la Cruz Hidalgo, el propuesto para el cargo de elección popular de los próximos comicios, Señor de nobleza, honradez y gran amigo del pueblo.
Y el otro poder, el del rezo, no cabe vacilación, el señor Cura Julio Espinado, el estaba convencido, de que el sufrimiento de sus fieles, era por gracia de dios, pero también por gracia de dios, los fieles deberían de depositar sus donaciones a la parroquia.
Nadie sabia a ciencia cierta, el destino del dinero, solo veía, como ayer no tenia casa, caminaba y sus ropas casi desgarradas, hoy casa nueva, coche y sus ropas confeccionadas con tela importada de Italia.
Pobres hijos míos, les decía todos los domingos, pongan mas, dios castiga que sean codos y avariciosos, póngale, yo me encargo del perdón de sus pecados.
El tercer poder, así se decía llamar, el Presidente Terrenal, y seguía comentando, solo el tercer poder, pero si no autorizo, ni el aire se mueve. Si eso pasa, solo uso el garrote y les decía:
A mis amigos, plata,
a mis contrarios, palo
y a mis enemigos, plomo
Quien lo diría, las elecciones de la primavera en ese rincón olvidado de dios, San Paraíso, serian un rompimiento histórico en la vida política del lugar.
Ya entrado en el proceso, el tercer poder, quiso manipular las urnas, el rezo al ver que disminuían sus recolectas se inclino al poder del pueblo y también cuidada las urnas, como si fueran las alcancías de su iglesia, y decía: ahí nadie mete mano, cuidado por que lo puedo excomulgar.
Que elecciones tan ejemplares, gano el pueblo, empezó la democracia, no si antes cobrar la factura, factura que se pago con sangre, unos cuantos garrotazos y unos cuantos rezos para los difuntos.
Hoy Don Álvaro de la Cruz Hidalgo se sentaba en la silla del Presidente Terrenal, hoy sabrá que no es lo mismo sostener una ataque sistemático a las políticas del gobierno, ayer lo que criticaba fuertemente y hoy que defenderá hasta con las uñas.
Y el pueblo, siempre ahí solo, solo le quedaba el consuelo de la lucha y desde luego el rezo solo guardaba esos sentimientos en la confesión y por gracia del espíritu santo su respectiva limosna.
(Historia Ficticia, cualquier semejanza con un hecho o alguna persona es mera coincidencia.)
SALVADOR MARTINEZ
El Graso Grueso
México
22 de julio del 01
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