Un día desperté tu ira.
Te alzaste como una diosa
en medio de nubes blancas.
Me rodearon tus blancos brazos
en el cálido atardecer.
Me retaste con tu mirada.
¡Ah¡ tus piernas......
dos columnas de marfil
en el templo del amor!
Te estremecías toda.
Eras una espada hiriente
que penetraba en mi alma...
Pero supe calmar tu enojo;
cuando te inclinaste
sobre mi boca.
Tus ojos, y tu cabello suelto,
provocaron mi clamor
y de nuevo, nos sumergimos
en el lago del furor.
Silvio Bravo