ADRIANA


Enviado por Betty Pérez-Acuña de Nagy




ADRIANA

Siempre la recordaré, con su vestido negro, impecable, 
su moño alto, un tupé que fue su peinado toda su vida.
No sabía sonreir porque a fuerza de haber cuidado 
a todos sus hermanos, ella solo había tenido tiempo 
para atender a su madre, viuda y sus trece hermanos.

Me contaba que como primogénita, disfrutó la fortuna 
de su familia, una institutriz, criados, lujos, 
todo eso la hacia sentir culpable de una existencia 
privilegiada que no alcanzaron sus hermanos.

Así, dejo pasar la juventud, las ilusiones y asumió, 
tontamente, el papel de madre y cabeza de familia.
Sus hermanos, hombres al fin y al cabo, pudieron irse 
separando de responsabilidades y fue ella quien tuvo 
que representar la decencia y el orgullo de su casa. 
Muy jóven, empezo a trabajar, en esos tiempos, 
era difícil que una "señorita" acudiera a trabajar 
todos los días, ella consiguio ser aceptada como Jefa 
de una importante empresa de juguetes, tenía instrucción, 
sabía idiomas.

Todo su empeño era atender a sus hermanas, a la madre, 
y en pago recibía el egoismo de la burla de tratarla 
como a una solterona y amargada mujer que les daba todo, 
sin recibir ni tan solo afecto.

Me contó un día, quizá tratando de aliviar un poco 
su triste soledad, que a ella también la había 
pretendido más de un joven, especialmente recordaba 
un militar, que se atrevió a escribirle.
Con voz reposada y una mirada que por momentos 
me pareció tenía un especial brillo, me explicó 
que  un día llegó una carta, y en el sobre decía: 
Señorita Adriana, calle de la Palma, única casa 
de tres pisos. No sabía su apellido, ni el número 
de la casa, ella pudo intuir quien era, el remite 
decía su nombre, ¿y qué ocurrió? 
le pregunte ansiosa. Esta vez con los ojos arrasados 
por las lágrimas me dijo que no podía dar mal ejemplo
 a mis hermanas, le dije al cartero, no señor, 
devuelva esa carta, no es para mí.

Pasaron años, desdichas y pocas alegrias para Adriana, 
ya vieja, insistieron en su trabajo de que se quedara 
en casa, le pagarían igualmente su sueldo, pero no 
debería regresar a su pequeño mundo, lleno de juguetes, 
de personas que necesitaban su consejo, ella al final 
tuvo que aceptar y se quedo en su casa.

Todos la sentían inoportuna teniendo que verla 
en todo momento, ella sin tener con quien comunicarse, 
se refugio, poco a poco en la bebida.

Yo sólo veía a mi querida tia raras veces, nosotros 
vivíamos algo léjos, fue una lástima su existencia, 
la que con el triste final de una anciana 
saturada de alcohol exhalo su último suspiro en una 
clínica, sola, seguramente arrepentida de su 
sacrificio estéril.

Ella fue un ejemplo para mí, que los sacrificios 
tienen un límite.  
Su recuerdo patético, romántico en su necedad, 
me han enseñado
que hay que vivir con entusiasmo y sin sacrificios...

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